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Que vuelen las malas noticias

  • Por terribles y hasta dolorosas o negativas que sean, la alta cúpula del gobierno tiene que acostumbrarse a escuchar las malas noticias.
Darle un mejor flujo a la información oficial evitaría muchos dolores de cabeza al gobierno colombiano.

El vertiginoso día a día de Colombia, particularmente en los asuntos del alto gobierno, exige aplicar sobre la marcha de los acontecimientos una sabia premisa de una de las mentes más brillantes del mundo, Bill Gates, quien sentenciara en su obra 'Los negocios en la era digital': "que vuelen las noticias, y más si son malas".

Y así como lo plantea Gates desde un enfoque gerencial en el sentido de poner al servicio de una organización todos los recursos intelectuales disponibles a la hora de abordar un problema serio, es evidente que a una parte del equipo de gobierno del presidente colombiano, Iván Duque, le hace falta una buena dosis de oportuna responsabilidad en el manejo y flujo de la información.

Que a un jefe de Estado se le hubiere podido ocultar información tan delicada como la de la presencia de menores de edad, reclutados y retenidos contra su voluntad en el campamento de un grupo delincuencial en Caquetá, que posteriormente sería bombardeado con el trágico balance de ocho menores fallecidos, no es un hecho de poca monta.

Y también, bastante reprochable que al presidente se le haya enviado a la Asamblea de la ONU en Nueva York con unas fotografías que pretendían comprobar la presencia de los grupos guerrilleros ELN y disidencias de las Farc en Venezuela (algo que a todas luces es innegable), pero que a la postre resultaron falsas, lo que generó un ridículo de talla mundial para el presidente y la inteligencia militar colombiana, y que a la postre le costó el cargo al jefe de esa dependencia, General Oswaldo Peña.

Solo estos dos ejemplos ilustrativos, para no ahondar en una larga lista de la cadena de errores, que además no es exclusiva del ministerio de Defensa, del que acaba de renunciar su titular, Luis Guillermo Botero, sirven de marco para ilustrar un poco más la teoría de Bill Gates, en la que el subordinado se resiste a transmitir las malas noticias, y en ocasiones, muchos líderes y directivos y se niegan a escucharlas, algo que a la postre puede llevar a las estructuras organizacionales, en este caso, las del gobierno, en muros de impedimentos.

La obligación de informar

Así las cosas, por terribles y hasta dolorosas o negativas que sean, la alta cúpula del gobierno tiene que acostumbrarse a escuchar las malas noticias.

Y los responsables dentro de ese nivel a no reservárselas, a riesgo de que terminen siendo munición para los partidos opositores, o noticias sin fuente oficial para los medios, donde el deber nos llama a informar a nuestras audiencias, obviamente, con los filtros y rigores de la confirmación de datos e informaciones.

Es muy importante aprender de las lecciones y entender que entre tierra y cielo no hay nada oculto, más si se tiene en cuenta que a semejante maraña de intereses e intrigas que se está jugando en todos los frentes el gobierno Duque, se debe agregar la frágil ruptura de la cadena de confidencialidad, que no es otra cosa que la fuga de información, cuando la misma está en tantas cabezas al mismo tiempo.

Que vuelen las malas noticias, lejos de ser un llamado a profecías del desastre, es una invitación a darle un mejor manejo a la información pública, aun reconociendo errores (así sean terribles), y a la que toda la sociedad tiene derecho, pero a la que el gobierno también tiene toda la responsabilidad de gestionarla, no de ocultarla, en procura de un ejercicio de información y veracidad en pleno equilibrio.

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